domingo, 23 de septiembre de 2007

UNA FOTO

Fue a raíz de una mudanza que, revolviendo un cajón, encontré esa foto sacada con una de esas cámaras re modernas que se revelaban “en el acto”, que muy pocos podían comprar.
Estaba sentada en el posabrazos del sillón de mi casa con un jean azul y un buzo rallado, negro y blanco. El pelo rubio “de verdad”, el flequillo lacio a la fuerza, y una expresión inocente y feliz.
¿Quien sabe no? … ¿Que estaría pensando?....
Tendría unos dieciocho años y las cosas eran muy sencillas, los silencios eran otros, por las calles todavía se oía el susurro del viento y el taconear de algún transeúnte.
Las expectativas eran muchas.
Mi casa era mía y ahí estaba todo bien aunque fuese de mentira.
Seguramente estarían mis hermanos por ahí, o por llegar, mi papa en la cocina haciendo unas empanadas para agasajar algún amigo o pariente, con los anteojos llenos de harina, y mi vieja renegando porque cada vez que cocinaba ensuciaba todo.
De vez en cuando yo me escapaba a pensar un ratito al patio que olía a jazmín y me inspiraba.
Pensaba que ese instante seria eterno, pero paradójicamente, que en el futuro seria mas feliz, que el mundo de los “grandes” era mejor y yo quería llegar hasta ahí , que yo podría cambiar ese mundo, o al menos mi mundo, que mis elecciones serian mas acertadas que las de “ellos”. Creo que me sentía diferente, y sufría por eso. No entendía muy bien el porque de ellos. Y mi porque tardaba en aparecer.
Me empeñaba en jamás parecerme a ninguno de mi familia, “la familia de los otros” era mucho mejor.
Recordaba, con un sabor algo amargo, los besos acalorados que se daban los papas de mi amiga, mientras nosotras tomábamos la leche a la salida de la escuela.
Yo me quedaba mirándolos fijamente hasta que, sin querer, se me dibujaba una sonrisa, inspirada por la dulzura de la situación, y no podía evitar comparar.
Jamás en casa había visto situación semejante, jamás tanta demostración de amor.
La luna siempre estaba en mi patio tenia con el un contrato ineludible.
La casa tenía colores que la hacían tibia, y aromas que la harían inolvidable: las tostadas a la mañana, la cera de los pisos, los tilos de la vereda, el mate siempre ensillado y listo para ser ofrecido al primero que apareciera por la cocina.
Cuanta ilusión hay en esa foto, todavía creía que seria posible, todo estaría bien o al menos como hasta ese momento.
Mis ilusiones se debatían entre el querer ser y el deber ser, puja que, por otro lado, sabia de ante mano quien la ganaría.
En esa foto seguramente no estaría imaginando, ni por asomo, que las cosas serian tan tristes y complicadas, que mi vida transcurriría aquí y allá, que nunca llegaría a ser lo que de verdad quería ser, y que haría todo lo contrario…trataría de ser lo que los demás esperaban que fuese. Solo para que no dejaran de quererme….que estupida!!!
Creía que me conocía como a nadie, y procuraba agradar a todo el mundo, aun cuando esto me costara lágrimas de bronca.
Confiaba en todos y me enfurecía cuando alguien me mal predisponía con alguien aunque terminara teniendo razón.
Siempre me gusto saborear yo misma el sabor amargo del fracaso.
En fin… ahí esta esa foto amarillenta, testigo de un tiempo muy gris que me empeñe en pintar de todos los colores posibles.